Este es un relato que escribí hace ya bastante tiempo, ubicado en la batalla del Jarama, donde las brigadas internacionales, especialmente la Lincoln, murieron para defender la democracia Republicana frente a la futura dictadura del general Franco. Esta heróica acción inspiró una canción en los EEUU con el mismo título que mi historia. En otro artículo quizá describa un poco el desarrollo del sangriento enfrentamiento, pero de momento lo único que quiero es mostrar mi cuento, que narra un encuentro entre dos soldados republicanos, un estadounidense y un español, que bien pudo tener lugar.
IN SPAIN THERE’S A RIVER CALLED JARAMA
- Por favor ¿puedo sentarme aquí? – preguntó un soldado con acento extranjero y expresión de cansancio.
- Por supuesto – contestó otro soldado, mientras retiraba su fusil de un saliente rocoso para permitir que el recién llegado se sentara.
- Gracias – dijo el soldado de acento extranjero. Tras un prolongado silencio, volvió a hablar:-Hoy es un día hermoso.
- Ya – replicó el otro – En días como este te preguntas por qué luchamos en esta guerra.
- Me parece extraño que los españoles se maten entre ellos – reflexionaba el extranjero – por miedo a un sistema más democrático. Podrían zanjarlo con el diálogo.
- Sí. Pero si el dialogo no es posible y estalla la guerra – dijo el otro soldado – una guerra en la que nos jugamos la libertad de la patria, ¿Qué hacemos?, ¿acaso no merece la pena morir por tus ideales? Cada vez que pienso en una España dominada por el terror del fascismo, recuerdo por qué estamos peleando y el vigor vuelve a mí.
- Así pues- dijo el extranjero- ¿eres español?
- Español republicano, y a mucha honra – contestó él – nacido en el barrio madrileño de Chamberí.
- Y… ¿Cuál es tu nombre? – preguntó el joven extranjero.
- Juan. Juan Rodríguez. ¿Y el tuyo?
- John Alvah Bessie.
- Por tu nombre e insignia, deduzco que eres estadounidense, de la Brigada Lincoln. ¿Verdad?
- Has acertado – el estadounidense sonreía –somos tocayos ¿eh?
- Parece ser que sí – el español le miraba con seriedad - ¿Cómo es que te marchaste del ombligo del mundo para venir a luchar a un país en guerra?
- Porque la Republica española significa muchas cosas, ideales libertarios que deben ser protegidos frente al terror, como tú bien has dicho antes, del fascismo.
- ¿Cómo te alistaste John? – preguntó Juan.
- Bueno es una larga historia. Yo nací en Austin, en el Estado de Texas. Tuve una buena infancia entre juegos y diversiones sin salir de mi ciudad. Así hasta que alcancé la juventud, y entonces conocí a una chica muy hermosa llamada Margherita, una preciosa francesa con la que me prometí. Al mismo tiempo, viajamos a su ciudad natal, París, donde pude disfrutar de su compañía y también pude aprender muchas cosas. Cuando estalló esta fatídica guerra, pidieron voluntarios, y yo, fui lo suficientemente osado e idealista para ofrecerme. Me destinaron en la XV Brigada, la Lincoln, la de los americanos. Desde entonces he estado en sus filas – relató el estadounidense – Entonces yo era un idealista, con unas ideas románticas, y no hice caso de los ruegos ni de las lagrimas de mi novia. Pero ahora, no hay día en el que no desee que se acabe pronto esta guerra fraticida de españoles y yo pueda volver a París, con mi prometida.
- Nunca deberías haberte alistado – dijo Juan con la cabeza baja – deberías haberle hecho caso a tu novia. Deja la guerra española a los españoles.
- ¡Yo también tengo ideales! – exclamó enfadado el estadounidense - ¡Tú mismo has dicho antes que valía la pena morir por ellos!
- Lo siento – murmuró avergonzado Juan – No quería ofenderte, la Republica agradece vuestro sacrificio y valor.
- No te preocupes – replicó John – no lo has hecho. Es que estoy un poco tenso.
- Todos estamos tensos antes de una batalla – añadió compasivo Juan.
- ¿Y tú Juan, cómo llegaste hasta aquí? – preguntó John.
- Bueno, como ya te he dicho antes, nací en Chamberí, en una familia obrera. Yo mismo estaba destinado a ser uno. Pasé toda mi infancia malviviendo en el barrio hasta que se proclamó la República. Entonces todo cambió. Los obreros comenzamos a ser tratados como personas, en vez de cómo animales. Mis padres y yo nos convertimos en comunistas. Y en este clima yo también conocí a una muchacha. Se llamaba Laura y era hilandera. Fue mi primer y hasta ahora único amor.
- ¿Se llamaba? – preguntó extrañado el estadounidense, mientras alargaba un cigarrillo al español que lo aceptó agradecido.
- Gracias – dijo el español – Ella murió durante la represión en Sevilla, donde había viajado con sus padres. La última vez que la vi fue el día que le declaré mi amor. Lo recuerdo como si fuera ayer. Ella me miró sorprendida, y después se rió, negando con la cabeza. El alma se me cayó a los pies. Se fue, desapareció entre la niebla. Nunca la volví a ver. Nunca – relató Juan con un nudo en la garganta.
- Lo siento – se compadeció torpemente John.
- Más tarde, estalló la guerra – prosiguió Juan – y yo me alisté en el 5º Regimiento, con los camaradas, hasta hoy. Ahora mismo estoy en las filas de la XI División, la de Lister.
- Tú vida ha sido mucho más dura que la mía.
- Lógico, España es un país más pobre que el tuyo.
- Por cierto, ¿Cómo se llama ese río tan apacible que tenemos delante? – preguntó el estadounidense.
- Se llama Jarama – contestó el español mirando con fijeza las aguas que discurrían lentamente. En ese momento, se oyó la señal de avance – es la hora – dijo el español.
- Es la hora – confirmó el americano – hasta siempre Juan. Puede que nunca nos volvamos a ver.
- Hasta siempre John – contestó el español – me alegro de haberte conocido. Suerte.
Y ambos tras estrecharse las manos, salieron del saliente para reunirse con su destino.