Rocroi es una de las grandes batallas que han influido en la evolución de la historia de España. Supuso la primera derrota de los Tercios desde su creación. Durante más de un siglo, fueron invencibles, pero todo acabó en Rocroi. A continuación explicaré brevemente el desarrollo de la batalla.
La Guerra de los Treinta Años estaba causando estragos en la monarquía hispánica. El cardenal Richelieu había introducido a Francia en el conflicto, como en su día hizo el Conde-Duque de Olivares con España. Pero el Hexágono había tomado partido por los países protestantes, justamente el bando contrario de su mortal enemigo.
Pese al poder de Francia y a la bancarrota de la economía en la península, todavía había esperanzas de éxito para el bando católico, ya que nuestros Tercios seguían consiguiendo resonantes victorias. Y para asegurarse el éxito definitivo, era necesario distraer la atención francesa de los Países Bajos.
En 1643, Francisco de Melo, al frente del ejército español de Flandes, y animado por la reciente victoria de Hannocourt, inició una campaña en el norte de Francia, atacando varias plazas fuertes. El objetivo era precisamente distraer a los ejércitos galos y debilitarlos.
En Abril, Melo agrupó sus fuerzas en Lille para dirigirse a la fortaleza de Rocroi, iniciando su asedio el día 12 de Mayo. Inmediatamente el Duque de Enghien, Luís II de Borbón, el que se convertiría en el famoso Condé, puso en marcha a su ejército, tras reforzar sus efectivos en Amiens con tropas del mariscal Gassion (soldado de Gustavo Adolfo), y otras procedentes de Laon y Arras, para socorrer la plaza sitiada, llegando el día 16. En ese momento, Condé era un muchacho de 21 años, sin apenas experiencia militar.
El 18 comenzaron las primeras escaramuzas, cuando el ejército francés cruzó un desfiladero que conducía a la llanura sur de la ciudad. Si el desfiladero hubiese estado defendido, la batalla no habría tenido lugar.
Melo había imaginado un asedio fácil, pero la ciudad se había visto reforzada por las fuerzas de Gassion. Pero Condé también tenía motivos para preocuparse, ya que el Barón Beck marchaba con su ejército a socorrer a los imperiales. Por este motivo, fue Luís II quién forzó la batalla.
La madrugada del día 19 comenzó la contienda. Ambos ejércitos desplegaron de forma similar, con la infantería en el centro y la caballería en las alas. Las tropas de Melo formaron en dos líneas: en la primera estaban los cinco Tercios españoles (considerados como los soldados de élite de Europa), los tres italianos y uno borgoñón; en la segunda formaban cinco Tercios valones y, en reserva, tres Tercios alemanes. Los imperiales contaban con 18.000 infantes y 7.000 jinetes, frente a los 15.000 infantes y 7.000 caballeros franceses. Otras fuentes sitúan los efectivos del bando católico en 20.000 (4.500 de ellos formaban los Tercios españoles), y los protestantes en 22.000.
La batalla se inició con el avance de la infantería y con las cargas de la caballería francesa por ambas alas. En el flanco derecho, los jinetes del Duque de Albuquerque (del bando imperial) fueron rechazados por los galos, mientras que en el izquierdo la caballería católica del Conde de Isenburg consiguió resistir. Entonces, Condé condujo a su victoriosa caballería contra la de Isenburg, poniéndola en fuga, para después cargar por la retaguardia a los tercios alemanes y valones.
El pánico cundió entonces en el ejército de Melo. Los alemanes, italianos, valones, etc, huyeron de los franceses. En el campo solo permanecieron firmes los famosos Tercios Españoles.
Los españoles, apenas 4.500 hombres, resistieron valientemente al gran ejército galo, luchando sin esperanzas de vencer, pero dispuestos a morir con honor. Durante el resto del día y la noche del 19, esos hombres derramaron sangre enemiga mientras morían de uno en uno.La artillería retumbaba, y causaba destrozos entre sus filas, pero aguantaron. Los soldados adversarios les rodeaban, pero aguantaron como si fueran una fortaleza. Finalmente, un impresionado Condé se vió obligado a ofrecerles una capitulación honrosa, permitiéndoles volver a España, tras ser informado de la cercanía de refuerzos españoles, capitaneados por el Barón Beck. El Tercio de Zamora se rindió a las diez de la mañana del día 20, tras todo un día de lucha.
Las bajas de ambos ejércitos fueron unas 4.500 en el ejército francés y 7.500 (3.000 de ellas en nuestros Tercios) en el bando imperial.
A corto plazo, la batalla no tuvo gran repercusión real, aunque si moral, ya que se trataba de la primera derrota de los Tercios españoles.
A largo plazo, supuso el desprestigio de la Monarquía Hispánica, que se tendría que enfrentar a la alianza entre Francia, Inglaterra y Holanda, además de las rebeliones en Portugal y Cataluña.
En la Paz de los Pirineos (1659), es sepultado el poder de la España Imperial.